Sencillamente, la casa por la ventana

Hoy, día 8 de marzo del año 2017, es el Día Internacional de la Mujer.

Hay muchas maneras de honrar la labor que realizan las mujeres en el conjunto de la Humanidad. Y por esto mismo, voy a escoger la que me parece más adecuada: una narración de mi cosecha propia.

 

LA CASA POR LA VENTANA

 

Con seguridad, conocéis el dicho popular de ‘tirar la casa por la ventana’… Nos sugiere de inmediato la imagen de un personaje manirroto… Pero yo quiero hablaros de una historia a la que se le puede aplicar la misma frase, sin que su significado tenga nada que ver…

Desde mi piso de la séptima planta, miraba una ventana del edificio de enfrente, la situada en el último piso. Me llamó la atención porque un visillo, movido por el viento, parecía que me hiciese señas colgado se su dintel. Observé cómo iba y venía, tímido y vacilante, atravesando el marco de la ventana. Lo hacía como una bandera situada en la frontera de dos mundos inasibles. No era la única ventana del edificio ni el único visillo visible, pero este había acaparado mi atención sin proponérmelo.

Sabía que era la casa de una vecina del barrio, la cual había fallecido de manera inesperada hacía poco tiempo. Se trataba de Caridad Robles, una persona muy querida que había empleado su vida en procurar el bien de los demás. No pedía nada, no discutía por nada ni con nadie, no poseía nada, salvo la casa en la que vivió… y el amor de quienes la habían tratado.

Cuantos pudieron entrar en su vivienda, como yo mismo hice en alguna ocasión, estaban de acuerdo en que esta –la vivienda– era como ella misma: silenciosa, impecable, sobria…, acogedora en suma… Si a un paraíso aspiró la vecina, no sería muy diferente de su propia casa.

Muchos consideraban que ‘tal para cual’, porque Caridad había sabido imprimir a su apartamento esa sencillez y paz que todos deseamos… Dicen que las casas son un reflejo de quienes las habitan y que devuelven lo que se les da, con el mismo talante: ¡Qué sola se sentirá su casa el día que su dueña desaparezca! –decían todos–, ¡nadie cuidará de ella como Caridad!

Enfrascado en estas elucubraciones, percibí un objeto ligero salir por la ventana desde detrás del visillo; la apariencia era la de una hoja de papel. A esta, siguieron otras. El instinto me movió a alargar mi mano en un imposible gesto de asir alguna de ellas. ¿Qué llevarían escrito?, ¿cuántos planes?, ¿cuántos deseos? Sentí con sorpresa como si los pensamientos de la anciana volasen a buscarla. No quise alterarme ante la impresión, mejor, no quise sugestionarme…

A la expectativa de algo incierto, de un no sé qué indefinible que me tensionaba el estómago, no pude evitar quedarme donde estaba. No tuve que esperar demasiado. Un hervidero de pétalos se precipitó al exterior. A la distancia a la cual me hallaba tampoco podía precisar de qué tipo de flor se trataba. Y lo hizo con convulso volar de mariposas, por debajo del visillo…

Sentí todo mi ser en suspenso a la espera de algo más.

Ya dudaba de que el extraño asunto continuase, cuando empezaron a salir otros objetos del hueco custodiado por el visillo. Libros, fotografías enmarcadas, imágenes religiosas, velas, zapatillas, algún vestido, una lámpara de pie, y un sinfín de objetos de varios tamaños, hasta que el propio visillo se decidió a salir disparado por la ventana en un sinuoso vuelo.

Luego, en medio de un notable estruendo –como si de la escena de la cacería de una obra musical épica se tratase–, un reclinatorio, una mesa, multitud de sillas, las piezas de una vajilla, cuadros, tazas, platos, cucharillas… intentaban ganar la carrera de salir por la ventana de la abundancia. Al final se hizo el silencio…

Aferrado a la barandilla de mi balcón como estaba, asaltado por el temor de lo inexplicable, todavía no había superado mi estupor, cuando observé con claridad meridiana, como si de un ejercicio de relajación se tratase –cuando se retraen los brazos y se encogen los pulmones–, que las paredes de la habitación, sin aparente esfuerzo –casi con indolencia–, se doblaban sobre sí mismas hacia el interior vacío y salían por la ventana…, arrastrando tras ellas al liviano tejado… y a la propia ventana.

No supe contener mi llanto al pensar que, en efecto, las casas son lo que se les ofrece, y esta, sin poder resistirlo más, se había lanzado al completo a la conquista del infinito de su amada amiga…