<~ ¿ES UNA INSPIRACIÓN O UN PLAGIO?

 

Para ir calentando motores con los artículos que os escribiré, me gusta presentaros un cuento que habla de lo importante que es tener las ideas claras con el tema del plagio, porque inspirarse en’ y ‘plagiar’ son términos que, a quien le bulle la mente y el sentimiento entre historias y quimeras, le acechan como inciertos lobos dispuestos a hincarle el maléfico diente. En ocasiones, no es fácil discernir entre el uno y el otro. ¿Lo leí? ¿Me lo invento? ¿Me lo contaron? ¿Es mi creación o solo lo recuerdo? No es nada fácil.

Plagiar es más alevoso, tiene menos perdón, sin discusión. Del inspirarse, en realidad, es imposible escaparse. El convivir, el viajar, el estudiar, el trabajar, el leer, inspiran. Vivir inspira. Sin duda, si vives, te estás inspirando…

A partir de aquí, la cuestión es conocer la personalidad y la dosis de inspiración que impregnan nuestros escritos, o la proporción de aparente plagio contenido en ellos. ¿Aparente plagio? Sí, en este caso, plagio en lo básico del mensaje: hasta algunos científicos, en sus acotadas investigaciones, coinciden en soluciones tan afines que parecen calcadas, aunque en verdad no haya habido relación entre ellos. Más debe comprenderse que esto ocurra en lo tocante al habla y los sentimientos: los seres humanos tienen connotaciones similares en sus procesos mentales, que pueden repetirse en unos u otros sujetos. A fin de cuentas, la emoción no deja de ser una respuesta ante determinado estimulo y estos estímulos no tienen ni lugar ni época.

Sin pretensión de exculpar a ningún desaprensivo presunto literato plagiador, aquellos que son descarados, sin conciencia y sin reparo, o sea, sin luces suficientes para ser capaces de desarrollar su propia creación –lo cual ya es su condena–, sin deseo de exculparlos, digo, lo expuesto sí sirva para definir el aparente plagio –que no lo es– y, sobre todo, sacudirse de encima la angustia provocada por las preguntas del inicio de este relato: «’Mente que no sabe’, corazón que no siente», reza el proverbio –más o menos–. Tanto si te inspiras como si no te has inspirado durante tus escritos, como lo hayas hecho con los recursos de tu propio ingenio, «Pelillos a la mar»… y no sufras ni un instante por ello, el mundo será quien juzgue.

Después de esta parrafada, me complace, ahora sí, ofreceros un cuento que, si no es representativo de los que iréis recibiendo, sí espero que os entretenga

 

CAPERUCITA COJA Y EL LOBO PRECOZ

 

Erase una vez una jovencita que correteaba por el bosque, contenta por llevar una cestita de viandas variadas a su dulce abuelita: queso comprado en una gran superficie  –porque los modestos productores de los sabrosos quesos caseros, o estaban arruinados avasallados por los impuestos o eran excesivamente caros para el presupuesto de la madre de Caperucita (el padre debió haber pasado a la memoria de los justos), pastel de la misma procedencia y, por desgracia, por el mismo motivo, y un pequeño tarrito de rica miel –compensando el tamaño del recipiente la rica calidad de la miel–, está sí, de las pocas colmenas que quedaban en el lugar.

Caperucita correteaba, pero lo hacía por un bosque ralo, puesto que los lugareños no tuvieron mejor ocurrencia que ir talando árboles, indiscriminadamente, para poder calentarse con su leña… para contrarrestar los extraordinarios aumentos de las energías oficiales.

En una de esas maratones, que organizaba su madre y ella la llevaba a cabo, la pobre jovencita tropezó con uno de los desperdicios que dejaba todo el mundo el fin de semana, se doblo una pierna e, irremisiblemente, ‘Caperucita Coja’…

Con frecuencia, cerca del lugar merodeaba Nicolás –Nicolás Lobo, para más señas–, jovencito algo mayor que Caperucita, pero con la tez francamente más oscura y definitivamente más peluda que ella.

Lobo ya sabía que las Caperucitas, aunque menos peludas, no tenían pelo de tontas: habían mantenido a raya los asedios –con intenciones gastronómicas– de varias generaciones de Lobos, en lo que habían colaborado, como espontáneos y desinteresados defensores, los correspondientes leñadores coetáneos de aquellos lobos.

Pero ahora las cosas habían cambiado: a Nicolás Lobo le gustaba de veras la jovencita de la cestita… y no era un personaje particularmente agresivo, más bien se había ganado la fama de tener un precoz ojo para los negocios: siempre estaba al acecho de cuanto pudiese significar ganar pasta; eso sí, a pesar de ello, su talante era honrado… Por el interés que Lobo tenía por  Caperucita, procuraba aprovechar las ocasiones en las que la joven se dirigía a casa de su abuelita para hablar con ella.

Un día más, la madre de Caperucita la envió a corretear por el bosque con el encargo de la famosa cestita: No corras demasiado, Caperucita, no vayas a romperte la otra pierna; No, mamá, seré buena, y se marchó todo lo zumbando que podía.

El Lobo decidió que ese día le diría algo a la joven. Corrió, dirigiéndose directamente a la casa de la abuelita. Y, por los planes que tenía, pensó que debía mostrarse algo embaucador con la abuela.

–Está usted muy guapa, abuelita…

–No te enrolles Lobo, que se te ve el plumero; si quieres ser amigo de mi nieta, díselo tú directamente sin rodeos…

–Bueno, esperaré fuera hasta que venga…

–No hace falta, puedes quedarte…

–¡Vale!, gracias.

La abuelita se queda observando fijamente a Lobo. No puede aguantarse y le dice:

–Hay que reconocer que tienes una apariencia muy rara, Nicolás; si no te conociese, creo que me asustaría al tenerte aquí.

–¿Por qué lo dice, abuela?

–Porque ¡tienes unas orejas enormes!, chico…

–Es que de esta manera puedo oír mejor todo que los demás se cuentan y capto infinidad de negocios que me interesan…

–¡Vaya, qué listo!, si hasta vas a ser un buen partido… Pero ¡qué manazas tienes!, y tan peludas…

–Así soy capaz de hacer un montón de trabajos de los que me interesan, y con el pelo que tengo paso menos frío en el invierno y me ahorro un montón de pasta…

–Buena respuesta, majo. Pero ¡vaya nariz que te gastas, Nicolás!

–¡Ya!, creo que por esto dicen que tengo mucho olfato para los negocios… Además, me va de coña para oler cosas buenas como las que le trae Caperucita.

–No te la sabes larga ni nada…

–Por cierto, tengo una idea que me ronda…

–¡Vale, vale!, pero no me negarás que tienes una boca, con la que podrías comerme de un solo bocado…

–Precisamente de eso va mi idea…

–¡Ostras, Lobo, ¿no pretenderás comerme…?

–¡Corcho, abuela!, yo nunca le haría daño… Mi boca me va de perlas para zamparme la idea que he tenido…

–Ya me explicarás cómo te vas a comer una idea.

–No, no es eso –responde Lobo algo desorientado. Pero prefiere no continuar con esta conversación tan tonta…, porque se da cuenta de que la jovencita está tardando demasiado: teme que se haya encontrado con otro lobo…

En estas, se oye a Caperucita –que se había retrasado, descansando de vez en cuando sentada en los tocones de los árboles, mientras escuchaba los pajarillos del pelado bosque:

–¡¡Abuelita, ya estoy aquí!!

–¡Pasa, niña, pasa sin llamar, que ya me he enterado de que llegas, y la puerta está abierta…

–¡¡Huy!!, ¡qué susto!, creí que eras un lobo, Nicolás…

–No te preocupes que eso solo es de segundas mientes… Vengo sin malas intenciones…

–Ya lo sé, Nico, eres un muchacho muy chachi…

–¿Te lo parezco, Cape?

–Pues… sí.

–Que guay, Caperucita, porque quería pedirte si quieres salir conmigo –le espetó discretamente…

–Pos… ¡vale! –le contestó Caperucita ilusionada.

Nicolás Lobo se sintió feliz con la suerte que había tenido: “Qué tontos fueron mis ancestros –pensó–: de esta manera disfrutaré más de Caperucita, el asunto será menos cruento y, la niña, me durará más…”.

El Lobo sí era listo, sí…

–Mira, abuelita, te he traído una cestita con un queso del Súper, un pastel de otro Súper diferente y un tarrito de la miel de la tía Felisa, ¿qué te parece, Abu?

–¡Genial, niña! Me parece de cuento…

–¡¡Esa, esa era la idea!! –dice Lobo…

–¿Qué idea? –se interesa Caperucita.

Nicolás Lobo mostro la precoz capacidad empresarial que había hecho estallar su espíritu emprendedor… y se puso a saltar como un poseso y gritar como un auténtico loco…

–Como me he puesto tan contento de que me dejes salir contigo, me he acordado de que podemos hacer un negocio, bueno como lo que llevas en la cestita y redondo como unas monedas…

Un leñador que pasaba por allí, rumiando cómo se las iba a arreglar para llegar a fin de… día y alimentar a sus tres hijos pequeños y esposa, puesto que ya no tenía trabajo de su especialidad, oyó las voces que salían de la casa de la abuelita de Caperucita:

“¡Alto!, aquí pasa algo… debo ser prudente, pero como nadie puede quitarme nada, voy a ver qué sucede” –se dijo con mucha lógica.

Atisbó con cautela las inmediaciones de la casa de la abuelita, aguzó el oído y de inmediato se apercibió de lo que sucedía: un lobo lanzando alaridos. Entró en la casa sin llamar. Hasta Lobo dejó de chillar de repente.

–Leñador, ¡vaya susto nos has endiñado! –dijo la abuelita con dulzura.

–Temía que la estuviesen atacando, no se me ocurrió que fuese el chiflado este… Pero ya veo que no pasa nada.

–Amigo Leñador, acabo de tener una idea y me gustaría que hablásemos de negocios.

–Estoy más colgado que una aceituna, o sea, hablemos cuanto quieras…

Lo que Nicolás Lobo se había dicho, era: “La cestita puede ser un negocio clarísimo, promocionado entre otras abuelas”.

El sagaz joven hablo con Leñador. Le hizo un contrato temporal de media jornada para que recogiera fresas…, y media jornada más, sin asegurar, para que fabricase cestitas a destajo: ¡emprendedor, sin duda!

Como valor añadido del producto, Nico pensó en colocar un pan, con forma de cabeza de lobo, en la cestita: la familia en pleno se forró.

Caperucita y Lobo formalizaron sus relaciones y vivieron felices y pudieron comer las perdices, que también cazó el esforzado Leñador, y, todos juntos, pudieron decir al unísono: «Colorín colorado esta historia se ha acabado»…

 

Espero que os  haya gustado. ¿Por qué no me lo decís?

Sed felices